Esta mañana me he levantado diferente. Como las otras veces antes. Ya ni me acordaba. Pensé...pensé que todo aquello había pasado. Pero no. Presento síntomas. Otra vez. Primero fue el olor a chocolate espeso y avellana que venía del pasillo. Sabía que era imposible pero aun así me levanté, con cuidado de no despertar a Inge. El aroma me llevó hasta el rellano. Era tan delicioso, era como tenerlo delante, en la punta de la lengua. No había nadie. Sólo el retazo de la luz de emergencia.
Luego vino la música, de violín. Un solo. Qué maravilla. Abrí la ventana pero la calle estaba desierta.
En el trabajo metí la mano en la trituradora de papel y me llevó un dedo. Sentí el dolor. No fue agradable pero mereció la pena, ya lo creo.
Me vine arriba, definitivamente. Corté unas rosas del campo y se las di a Inge en cuanto entró por la puerta. La agarré del brazo y la llevé a cenar al otro lado de la ciudad a uno de esos sitios...ya sabéis. Le dije que era preciosa como una mañana de primavera y le recité un poema. Se tapó el rostro con las manos. No deberías hablar así, dijo azorada, ni siquiera en un sitio como este. Luego le conté lo del chocolate, y lo del violín, no pude evitarlo.
Mañana iremos a ver a su hermana. Es médico. Las otras veces me fue bien. Tiene las pastillas adecuadas. Las azules. Las tiene que sacar a escondidas. Normalmente te internan si tienes que tomarlas. Pero Inge no quiere eso. El internado está en las afueras y muy, muy mal comunicado. Sería ineficiente tener que ir allí cada dos por tres. Eso piensa. Además está casi vacío. Ya nadie va. Nadie lo necesita.
En la cama, antes de apagar la luz, le he preguntado si me quiere. Ella se ha llevado la mano a la boca y se ha reído. Luego se ha dado la vuelta y ha apagado la luz.
sábado, 20 de julio de 2013
domingo, 30 de junio de 2013
Cosas que sé de ti
Seguro
no hay nada. Pero eso ya lo sabes tú bien. Lo has aprendido poco a poco, con la
tenacidad de un caracol. Pensabas que tus padres estarían ahí para siempre, que
siempre habría alguien para arroparte por las noches. Te habían asegurado que
después de la tempestad viene la calma, que no hay mal que cien años dure, que
ya verás, tú tranquilo que todo se arreglará, que Dios aprieta pero no ahoga,
que no ha llovido nunca que no escampe.
Pero
hay vidas en las que siempre está lloviendo. Vidas empapadas. No es culpa de
uno, a veces es de esa lluvia fina que no se nota mientras cae. Pasan cien años
y sigue cayendo. Gota a gota.
Así
que te casaste por descarte. Tampoco es tan grave. Hoy en día se vota por
descarte, se premia por descarte, se despide por descarte.
Sandra
también juró de cualquier manera. Tú lo sabías. Pero miraste hacia otro lado,
como tantas otras veces en tu vida. Hay que hacerlo, si no sería imposible vivir.
No se puede entrar al trapo siempre. Hay que aguantar. No es una buena frase,
nunca lo fue. Vivir no es aguantar. Vivir es insistir. Pero insistir es más
difícil. Cuesta más. Como a los caracoles acelerar. Eso sí, cuando un caracol
acelera no hay quien lo pare. ¿Te acuerdas? Fue en la carretera vieja. En la
aldea. De vacaciones. Cogió la línea blanca, la del bordillo, la continua, y
empezó a avanzar. Te hincaste de rodillas, con la mirada a ras de suelo.
Avanzaba desde su más completa indiferencia. No te miraba ni parecía tenerte
miedo. A ti, que podías aplastarlo sólo por capricho.
Caracoles,
parece que el mundo no va con ellos. Te gustaba ver cómo avanzaba, cómo iba
logrando su objetivo, poco a poco, sí, es verdad, con una lentitud desquiciante
pero con una tenacidad y un empeño encomiables. A ése no lo paraba ni Dios.
Parece un chiste pero es verdad. Si un caracol quiere llegar a un sitio va y
llega. Y ahora sé sincero ¿hace cuánto que no ves un caracol?
domingo, 23 de junio de 2013
Sospecho de mí
A veces pasan horas y horas y no veo nada. Es como cuarenta días y cuarenta noches en el desierto. Y me pregunto si valgo para esto, si no soy otra farsa más, otra gota en la lluvia, una hoja caída en cualquier otoño.
Me dan ganas de morirme de un ataque de mocos. Pero nunca pasa. Eso es el purgatorio. Lo repito porque hay quien dice que me parezco a Carver y no quisiera despistar a media audiencia. Repito, el purgatorio es querer morirse, a ser posible de un ataque de mocos, y pasan las horas y no te mueres. Eso es el purgatorio. Dante no tenía ni idea, nunca la tuvo, a él siempre se le ocurría algo. Es desesperante.
Cojo una libreta para anotar el más mínimo cambio. Me bebo un litro de amoniaco. Sigo sin mostrar síntomas. Todas las constantes vitales permanecen sobrias. Si al menos tuviese una convulsión, no sé, ganas de pegarme un tiro o algo.
Me doy una vuelta por Internet a ver quién hay. No veo más que millones de blogs, revistas literarias a tutiplén, trillones de editoriales (hasta las hay dispuestas a que publiques lo que te salga del chirli siempre que pagues tú), la gilipollez se ha democratizado, el purgatorio se ha llenado de estiércol.
Y yo voy y me abro una página en Facebook, a ver si se me abren las venas. Y allí estamos todos, atrapados como moscas en esa gran tela de araña, globalizados, guapos, con las mejores fotos. Pon tu peli favorita, y tu serie, y tu música, y tus libros (aunque no los hayas leído), y tus vacaciones en Italia, y en Mallorca, y en Tenerife, y en Pamplona, y en Getafe, y en Gandía; y cuando eras pequeño, ahí, con el cubo y la pala, cuando no te importaba enseñar el pajarito, y tu fecha de nacimiento, y dónde vives, y en qué colegio te hiciste cómplice de todo esto, y el bar donde la conociste. Marta.
Y pon en qué estás pensando ahora, y venga vamos tío qué haces ahí parado que no firmas contra alguna guerra de ésas de por ahí a tomar por culo, vamos hombre que ahora sólo es un click. Vamos dale, es sólo un click. ¿Lo ves? Ya está. Tranquilo ya pasó. Era sólo un click. Bienvenido, escribe tu email y contraseña.
Pero dónde coño he metido el amoniaco.
Me dan ganas de morirme de un ataque de mocos. Pero nunca pasa. Eso es el purgatorio. Lo repito porque hay quien dice que me parezco a Carver y no quisiera despistar a media audiencia. Repito, el purgatorio es querer morirse, a ser posible de un ataque de mocos, y pasan las horas y no te mueres. Eso es el purgatorio. Dante no tenía ni idea, nunca la tuvo, a él siempre se le ocurría algo. Es desesperante.
Cojo una libreta para anotar el más mínimo cambio. Me bebo un litro de amoniaco. Sigo sin mostrar síntomas. Todas las constantes vitales permanecen sobrias. Si al menos tuviese una convulsión, no sé, ganas de pegarme un tiro o algo.
Me doy una vuelta por Internet a ver quién hay. No veo más que millones de blogs, revistas literarias a tutiplén, trillones de editoriales (hasta las hay dispuestas a que publiques lo que te salga del chirli siempre que pagues tú), la gilipollez se ha democratizado, el purgatorio se ha llenado de estiércol.
Y yo voy y me abro una página en Facebook, a ver si se me abren las venas. Y allí estamos todos, atrapados como moscas en esa gran tela de araña, globalizados, guapos, con las mejores fotos. Pon tu peli favorita, y tu serie, y tu música, y tus libros (aunque no los hayas leído), y tus vacaciones en Italia, y en Mallorca, y en Tenerife, y en Pamplona, y en Getafe, y en Gandía; y cuando eras pequeño, ahí, con el cubo y la pala, cuando no te importaba enseñar el pajarito, y tu fecha de nacimiento, y dónde vives, y en qué colegio te hiciste cómplice de todo esto, y el bar donde la conociste. Marta.
Y pon en qué estás pensando ahora, y venga vamos tío qué haces ahí parado que no firmas contra alguna guerra de ésas de por ahí a tomar por culo, vamos hombre que ahora sólo es un click. Vamos dale, es sólo un click. ¿Lo ves? Ya está. Tranquilo ya pasó. Era sólo un click. Bienvenido, escribe tu email y contraseña.
Pero dónde coño he metido el amoniaco.
martes, 18 de junio de 2013
Mientras el sol se esconde
Andar bajo la lluvia tiene sus ventajas. La primera
es que vas solo, ¿verdad? No tienes que pararte con nadie que no te apetezca
pararte. No tienes que hablar cuando no quieres, ni echarte a un lado, ni
siquiera tienes que poner buena cara si no quieres. Vas suelto, como un perro
sin correa. A Sandra no le gusta la lluvia, ni siquiera a través de los
cristales. Si le sorprende la más mínima llovizna se te adelanta y se mete en
un portal. Al principio no le diste importancia, es lo normal, a casi nadie le
gusta andar bajo la lluvia, es incómodo, como que te desgastas, parece que te
derrites, que te van a tener que buscar disuelto en cualquier charco. Luego,
poco a poco, fue una de tantas y tantas cosas que agregar a la lista de
incompatibilidades. No es grave por sí sola pero dice mucho de una persona. Lo
pensaste más de una vez en esas largas caminatas mientras el orvallo te iba
calando poco a poco. A alguien a quien no le gusta caminar bajo la lluvia le
falta algo. No sabes dónde ni qué, le falta algo, algo sustancial, un giro de
llave para abrir una puerta, una ruedecilla en el mecanismo de un
reloj, un clavo en un madero.
lunes, 3 de junio de 2013
Lo olvidado
Dura lo que dura un parpadeo. Es como un fogonazo. Lo ves y ya no lo ves. Es así como escribía sus relatos. No eran relatos perfectos, ni mucho menos. No eran precisos, ni tenían una estructura digna de comentar en un taller de escritura. Sus cuentos estaban llenos de jirones. Los personajes entraban en escena con los mocos colgando, o con una pierna más grande que la otra, o a medio peinar, siempre in media res, viniendo de un sitio y yendo a otro. Jo, era una locura.
Sus relatos reflejaban sed de intensidad, sed de una agua que no se bebe, anhelo de una cura que no llega nunca.
Escribía de tardes vacías, del espacio entre líneas, de lo que está y no se ve. Bebía el vino de los derrotados en tabernas oscuras. El tiempo le dibujó en la cara el aspecto de un libro salvado de un incendio.
Apuró el vaso. Miró la hora. Dejó una moneda en la mesa, salió por la puerta y se alejó. Sin que a nadie le importara nada.
Sus relatos reflejaban sed de intensidad, sed de una agua que no se bebe, anhelo de una cura que no llega nunca.
Escribía de tardes vacías, del espacio entre líneas, de lo que está y no se ve. Bebía el vino de los derrotados en tabernas oscuras. El tiempo le dibujó en la cara el aspecto de un libro salvado de un incendio.
Apuró el vaso. Miró la hora. Dejó una moneda en la mesa, salió por la puerta y se alejó. Sin que a nadie le importara nada.
miércoles, 29 de mayo de 2013
MARY JANE
Anoche fui a casa de Mary Jane. Quería darle una sorpresa
aprovechando que tenía que visitar a un amigo que vive dos calles más abajo.
Esas cosas son importantes en una relación. Los pequeños detalles. Si no fuera
por ellos muchas parejas se irían al traste. Tuve que subir andando porque el ascensor
no funcionaba. Son cinco pisos pero ya que estaba allí no me iba a ir por esa
tontería. Tenía unas ganas locas de verla.
Llamé al timbre varias veces pero no me abría nadie. Es curioso porque desde la calle me había parecido ver luz. Me pegué a la puerta como una lapa. Pero no oí nada. Probé con los nudillos y la llamé por su nombre varias veces. Lo intenté con el timbre otra vez. Era muy extraño porque Mary Jane siempre está en casa a esas horas. Una señora gorda y con rulos abrió la puerta del apartamento de enfrente. Me miró como si me hubiese comido su manteca de cacahuete y luego cerró de un portazo y echó la cadena.
Fue una verdadera lástima. Con lo que me gustan a mí los detalles. Ya me iba cuando me pareció oír unos pasos leves, sordos, al otro lado de la puerta, como un gato andando por una alfombra. Quizá era Mary Jane que salía de la ducha, sí, eso me imaginé. Me abalancé sobre la puerta. Dije su nombre. Dos veces. Nada, ahora ya no oía nada. Debió de ser mi imaginación. Decidí marcharme. Fue una pena.
La conocí en un Café. Yo estaba sentado en un rincón con una botella de Cutty Sark. Me había metido en un lío bien gordo y estaba meditando cómo salir de él. No sé cuánto tiempo llevaba ella en la mesa del fondo porque no levanté la mirada en mucho tiempo. Ya sabéis. Pero cuando lo hice fue amor a primera vista. Ya sé que suena muy cursi pero así fue. Vi sus ojos de caramelo bañados en aquella melena caoba y eché a volar.
Al principio pensé que estaría esperando a alguien o algo así. Pero no llegó nadie. Y su batido de frutas se consumía rápidamente. Reconozco que me estaba derritiendo por dentro. Nuestras miradas se cruzaron un par de veces, eran coincidencias clandestinas, un poco vergonzosas a decir verdad. A la cuarta nos reímos, y vino hacia mí. -¿Me invitas?- preguntó señalando el Cutty con el índice. Y luego vino todo lo demás.
Desde entonces ha pasado un año. Un año maravilloso. Me ha cambiado la vida. Yo antes vivía solo y me apañaba bien. Cuando uno vive solo apañárselas es lo más que puede hacer. No se puede ser feliz. Tiene sus ventajas, sí, sí, pero no es lo mismo. Ya no puedo ni imaginarme la vida sin Mary Jane.
Dios, si yo perdiese a Mary Jane me volvería loco. El amor va y viene, eso es verdad. Y cuando se va es jodido, sí señor, es muy jodido. Yo lo sé. En el instituto me enamoré por primera vez. Tenía quince años pero no fue un amor de adolescente. No, fue un amor real, de verdad, mi primer amor. Ella no se enamoró de mí. Era demasiado bonita para eso. Yo le escribía sonetos, muy currados, y se los metía entre los apuntes cuando ella no estaba en su sitio. ¿Habéis escrito alguna vez un soneto de amor? Es realmente difícil. Una tarea de chinos. Le escribí cientos. No había día que no se encontrará con uno en la cajonera. Solía esperarla al final de clase para invitarla a un refresco. Siempre decía que no. A veces la llamaba por teléfono y colgaba, sólo por oír su voz un instante. En el recreo procuraba ir con ella, aunque no siempre lo conseguía porque sus amigas la rodeaban y no la dejaban en paz, parecían sus escoltas. Hasta me amenazaron. Que si me acercaba otra vez llamarían a la policía. Eso dijeron. Estaban locas. Yo qué sé. Al año siguiente se cambió de colegio y ya no volví a verla más.
Llamé al timbre varias veces pero no me abría nadie. Es curioso porque desde la calle me había parecido ver luz. Me pegué a la puerta como una lapa. Pero no oí nada. Probé con los nudillos y la llamé por su nombre varias veces. Lo intenté con el timbre otra vez. Era muy extraño porque Mary Jane siempre está en casa a esas horas. Una señora gorda y con rulos abrió la puerta del apartamento de enfrente. Me miró como si me hubiese comido su manteca de cacahuete y luego cerró de un portazo y echó la cadena.
Fue una verdadera lástima. Con lo que me gustan a mí los detalles. Ya me iba cuando me pareció oír unos pasos leves, sordos, al otro lado de la puerta, como un gato andando por una alfombra. Quizá era Mary Jane que salía de la ducha, sí, eso me imaginé. Me abalancé sobre la puerta. Dije su nombre. Dos veces. Nada, ahora ya no oía nada. Debió de ser mi imaginación. Decidí marcharme. Fue una pena.
La conocí en un Café. Yo estaba sentado en un rincón con una botella de Cutty Sark. Me había metido en un lío bien gordo y estaba meditando cómo salir de él. No sé cuánto tiempo llevaba ella en la mesa del fondo porque no levanté la mirada en mucho tiempo. Ya sabéis. Pero cuando lo hice fue amor a primera vista. Ya sé que suena muy cursi pero así fue. Vi sus ojos de caramelo bañados en aquella melena caoba y eché a volar.
Al principio pensé que estaría esperando a alguien o algo así. Pero no llegó nadie. Y su batido de frutas se consumía rápidamente. Reconozco que me estaba derritiendo por dentro. Nuestras miradas se cruzaron un par de veces, eran coincidencias clandestinas, un poco vergonzosas a decir verdad. A la cuarta nos reímos, y vino hacia mí. -¿Me invitas?- preguntó señalando el Cutty con el índice. Y luego vino todo lo demás.
Desde entonces ha pasado un año. Un año maravilloso. Me ha cambiado la vida. Yo antes vivía solo y me apañaba bien. Cuando uno vive solo apañárselas es lo más que puede hacer. No se puede ser feliz. Tiene sus ventajas, sí, sí, pero no es lo mismo. Ya no puedo ni imaginarme la vida sin Mary Jane.
Dios, si yo perdiese a Mary Jane me volvería loco. El amor va y viene, eso es verdad. Y cuando se va es jodido, sí señor, es muy jodido. Yo lo sé. En el instituto me enamoré por primera vez. Tenía quince años pero no fue un amor de adolescente. No, fue un amor real, de verdad, mi primer amor. Ella no se enamoró de mí. Era demasiado bonita para eso. Yo le escribía sonetos, muy currados, y se los metía entre los apuntes cuando ella no estaba en su sitio. ¿Habéis escrito alguna vez un soneto de amor? Es realmente difícil. Una tarea de chinos. Le escribí cientos. No había día que no se encontrará con uno en la cajonera. Solía esperarla al final de clase para invitarla a un refresco. Siempre decía que no. A veces la llamaba por teléfono y colgaba, sólo por oír su voz un instante. En el recreo procuraba ir con ella, aunque no siempre lo conseguía porque sus amigas la rodeaban y no la dejaban en paz, parecían sus escoltas. Hasta me amenazaron. Que si me acercaba otra vez llamarían a la policía. Eso dijeron. Estaban locas. Yo qué sé. Al año siguiente se cambió de colegio y ya no volví a verla más.
lunes, 6 de mayo de 2013
RENUNCIA
Está delante del espejo, contemplándose,
sin mirarse a los ojos. Rastrea el pelo con las manos. Juega con él, arriba y
abajo, dócil, sin apenas resistencia. Sus dedos se deslizan suavemente hasta
tocar la piel, aún la siente temblar.
Le cuesta respirar. No encuentra el ritmo. Se para.
Empieza otra vez. Uno, dos. Ahora mejor.
Nota como su cuerpo se esponja y le resbala por la camiseta,
también por la falda a medio caer. Siente una náusea.Aguanta.
Coge la maquinilla. Se agarra la cabeza. El zumbido
eléctrico de un millón de abejas le
arrasa los oídos. Se inclina a un lado. Baja la mirada, al lavabo. Y ve cómo se
posan, destrozados, sus retazos, los pétalos ajados de una rosa muerta.
Está delante del espejo, contemplándose, mirándose a los
ojos.
No tiembla.
Ya no la tocarán más.
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